jueves, 31 de julio de 2008

Comunicado desde el retrovisor



El retrovisor y sus moralejas me traen loca por estos días.

Sí, no es tan casual que el cielo luego de no verse se muestre por completo y con una amplia gama de colores en cada una de sus esquinas.

En la primera están los tradicionales, los primarios, esos que nunca se hicieron y nunca se harán, esos que simplemente son, el rojo, el amarillo y el azul. Los tres pintan para sus primos, pero al fin se quedan como lo que son, las hebrasprimas del firmamento.

En la segunda, están los que no pueden faltar y que nacen a partir de circunstancias de extraña mixtura, pero que al igual que los primeros están.

En la tercera, están esos opacos, más invernales, que no entusiasman a menudo, pero que de todos modos son necesarios y con mucho no estar se les echa de menos.

En la la cuarta y última esquina, están esos colores poco certeros para quien escribe, esos que parecieran ser así, pero terminan siendo totalmente distintos a lo imaginado, esos que su exquisita dualidad los hace tan amables y perversos a la vez que no es posible darles un nombre. No es posible que incluso ellos mismo decidan denominarse de una forma u otra, pero yo me aseguro de que están y quiero que estén.

Estos últimos van y vienen, como el paso apresurado de un capitalino cualquiera, los pasos se apresuran y van dejando unas huellas más visibles que otras.

Los últimos son al fin los que al parar el bus se terminan bajando primero y luego son los primeros sin mucho que decir o tener entre manos.

Así es, me pareció haber mirado por el retrovisor y haber visto el cielo abrir sus cuatro esquinas mesquinamente. Segundos después, delante mío, se presentaron una a una y sentí que todas eran necesarias.

Ahora, mientras el silencio nos abandona y las luces se prestan para saturar, me pareció que las cuatro esquinas calzaron justo en mi maletera, como si alguien hubiese tomado sus medidas y las de mi auto para que calzaran perfectamente.

Sí, como si el sastre me hubiese ayudado.

Según mis recuerdos, el sastre también armó cada una de las esquinas.

Si miro de reojo por la ventana del costado el sastre corre con poca prisa para darme las últimas recomendaciones, o al menos las que me servirán para el largo viaje.

Miro por el retrovisor y el sastre garabatea la muralla y dice: No me olvide y se acordará de todo.
Y así es, tengo su imagen y me acuerdo de todo, absolutamente todo.

Gracias al sastre y al retrovisor por días de maravilla.

viernes, 18 de julio de 2008

Los árboles otra vez

La tala indiscriminada de árboles gigantes es lo que este invierno ha hecho noticia.
Algunos se caen y botan de paso a los más chicos.
El abono no es suficiente como para mantener a todos en pie.
El abono escasea.
También las plagas de orgullo encubierto azotan el este oriental de la Tierra. Sin más ni menos mirar poco a poco los árboles se paralizan y no pueden florecer más.
Pasaron unos años y cada vez que salgo al jardín los veo tal como quedaron en los años 30.
Por lo pronto, el tiempo hará crecer nuevos cipreses, menos contaminados, menos a la vista como para ser derribados por bacterias de mala espina.
Mientras, me preparo para cuidar que mis árboles no se caigan y que no los boten.
Yo no los boto. No, yo no.
Algunos se caen solos.
Yo los recojo y los riego.
Yo los protejo de la brisa que los quema y los seca en un abrir y cerrar de "hojas".