El retrovisor y sus moralejas me traen loca por estos días.
Sí, no es tan casual que el cielo luego de no verse se muestre por completo y con una amplia gama de colores en cada una de sus esquinas.
En la primera están los tradicionales, los primarios, esos que nunca se hicieron y nunca se harán, esos que simplemente son, el rojo, el amarillo y el azul. Los tres pintan para sus primos, pero al fin se quedan como lo que son, las hebrasprimas del firmamento.
En la segunda, están los que no pueden faltar y que nacen a partir de circunstancias de extraña mixtura, pero que al igual que los primeros están.
En la tercera, están esos opacos, más invernales, que no entusiasman a menudo, pero que de todos modos son necesarios y con mucho no estar se les echa de menos.
En la la cuarta y última esquina, están esos colores poco certeros para quien escribe, esos que parecieran ser así, pero terminan siendo totalmente distintos a lo imaginado, esos que su exquisita dualidad los hace tan amables y perversos a la vez que no es posible darles un nombre. No es posible que incluso ellos mismo decidan denominarse de una forma u otra, pero yo me aseguro de que están y quiero que estén.
Estos últimos van y vienen, como el paso apresurado de un capitalino cualquiera, los pasos se apresuran y van dejando unas huellas más visibles que otras.
Los últimos son al fin los que al parar el bus se terminan bajando primero y luego son los primeros sin mucho que decir o tener entre manos.
Así es, me pareció haber mirado por el retrovisor y haber visto el cielo abrir sus cuatro esquinas mesquinamente. Segundos después, delante mío, se presentaron una a una y sentí que todas eran necesarias.
Ahora, mientras el silencio nos abandona y las luces se prestan para saturar, me pareció que las cuatro esquinas calzaron justo en mi maletera, como si alguien hubiese tomado sus medidas y las de mi auto para que calzaran perfectamente.
Sí, como si el sastre me hubiese ayudado.
Según mis recuerdos, el sastre también armó cada una de las esquinas.
Si miro de reojo por la ventana del costado el sastre corre con poca prisa para darme las últimas recomendaciones, o al menos las que me servirán para el largo viaje.
Miro por el retrovisor y el sastre garabatea la muralla y dice: No me olvide y se acordará de todo.
Y así es, tengo su imagen y me acuerdo de todo, absolutamente todo.
Gracias al sastre y al retrovisor por días de maravilla.
1 comentario:
Te felicito hebraprima y primicia de la hebra.. te quiero un chorro verde verde.. conversemos la hamburguesa uno de estos días para que me enseñes unas cuantas cosas respecto de la soya y los colores primarios..
y te quiero hasta la zapatilla..
adiós
Rº
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